lunes, 27 de enero de 2014

¿Han cambiado los gustos literarios o ha bajado el nivel cultural?

Que los tiempos están cambiando no es ninguna novedad y que eso ha ocurrido a lo largo de la Historia y en todos los pueblos de la Tierra, también.

La irrupción de Internet en nuestras vidas y los nuevos sistemas de comunicación han dado un vuelco de 360 grados al panorama social involucrando todas las manifestaciones de la sociedad actual que, en muchos casos, asiste perpleja a unos cambios, imprevisibles hace poco tiempo. El mundillo literario no iba a escapar a este imparable fenómeno.


No creo, como dicen los pesimistas o las estadísticas rigurosas, que hoy se lea menos que antes. Pienso que se lee lo mismo, o incluso más, pero se hace con otros gustos y tendencias, con distintas referencias, con diferentes propósitos. El lector de hoy (que no es sino el propio hombre que asiste confundido a los profundos cambios de una sociedad en constante movimiento y a la que en ocasiones no entiende) busca en la lectura, preferentemente, un referente lúdico que lo aleje y lo abstraiga de la dura realidad cotidiana. Son pocos los lectores que buscan hoy en día un tipo de lectura que podríamos llamar sólida. Al contrario, el lector de nuestro tiempo persigue la evasión de sí mismo, de su entorno y hasta de su propia realidad y trata de mirarse en el espejo de otros para así imaginarse mundos diferentes que le procuren, al menos en su fantasía, el acercamiento a escenarios más felices, por irreales que puedan llegar a ser.

No es casual que en las listas de los últimos años los libros más vendidos sean los de viajes, de cocina, de deportes y deportistas, de cine, de belleza, salud y bienestar, de enzimas prodigiosas, de dietas milagro, de humor, de chistes, de políticos oportunistas que cuentan sus vidas tratando de lavar sus pasados inconfesables, de biografías de celebrities que no han cumplido los treinta, de presentadores de medios más o menos populares y hasta puede encontrarse alguna que otra novela como El juego de Ripper de Isabel Allende que por la popularidad de su autora y por la fidelidad de sus lectores está situada en el lugar “que no le corresponde” habida cuenta las tendencias compradoras del momento.

El título de este post se pregunta si son los gustos literarios los que han cambiado o si es el nivel cultural el que ha bajado. Sinceramente, no lo sé; respóndase usted mismo. Lo que si me queda claro es que, en base a lo hasta ahora expuesto, sólo quedan dos tipos de lectores: Por un lado, esa abrumadora mayoría que busca la evasión en textos que cuentan cosas, tal vez interesantes pero sin ningún  atractivo literario, y otros (los menos) que tratan de conseguir un tipo de lectura que podríamos calificar de excelencia literaria, con todo lo que de ambiguo y confuso tiene ese término.

Y si hay dos tipos de lectores hay también dos tipos de escritores; unos; los que escriben para esa masa lectora predominante que busca en los libros temas distendidos para pasar tan solo un buen rato. Son aquellos que podríamos calificar como escritores circunstanciales, que no suelen ser profesionales de la pluma y el papel y que, forzosamente, tienen que ser asistidos por otros (los llamados negros) que les redactan, al dictado, sus bestsellers. Luego están los otros; los escritores de oficio (de poco o nulo beneficio) cuyo principal objetivo no es vender; a veces, ni tan siquiera darse a conocer, sino que escriben por el puro placer de hacerlo, y hacerlo bien. Son los desconocidos, los que en la mayoría de los casos son rechazados por las editoriales (que sólo se interesan por sus cuentas de resultados) y los que, afortunadamente en estos días, se acogen al recurso de las plataformas editoriales para exhibir sus obras entre millones de títulos con la remota esperanza de que algún despistado lector haga una descarga (legal) de vez en cuando.




Efectivamente, el mundo y sus circunstancias ha cambiado de manera dramática pero, a pesar de todo, yo creo que lo ha hecho para bien. Nos toca vivir ahora el siglo XXI. Tenemos que aceptar, por tanto, un momento de la historia en el que los títulos clásicos de la literatura, e incluso los más recientes, ya sólo sirven para ser exhibidos en los anaqueles de las librerías de las casas elegantes donde los libros estratégicamente colocados realzan el decorado y ennoblecen al dueño.

Ahora estamos en otro momento literario. Es el tiempo en el que Ambiciones y Reflexiones de Belén Esteban, escrita por un negro llamado Boris Eizaguirre, ha llegado a vender más de cien mil ejemplares en su primer mes. O libros de un político estrafalario y chistoso como Revilla que contando sus gracietas se está forrando. Pero visto el panorama y por más que pregunte a la gente de mi variopinto entorno nadie me reconoce haberlos comprado. ¿Será que el lector de evasión se avergüenza de que le vean en las manos con un libro de estos géneros?  Tampoco es para tanto, hombre, si lo que se trata es de fomentar el buen hábito de la lectura.

sábado, 25 de enero de 2014

Las edades del escritor

Aprendí cosas curiosas y otras no tanto cuando hice la mili. Aun estaban vigentes algunas viejas reglas de las Ordenanzas Militares de los tiempos de Carlos III en las que se recogían apuntes tan estrafalarios como: “el soldado por el mero hecho de serlo deberá ser severamente castigado” o “el valor se le supone” o  “la veteranía es un grado”.

Cuando se es joven estas cosas se entienden mal y se asimilan peor, sobre todo lo de la “veteranía”. A la edad de veinte años los jóvenes se consideran con la suficiente madurez como para que ningún anciano tenga que venir a enseñarles nada. Sin embargo, yo creo que en todas las manifestaciones de la vida, y en especial en las diversas actividades profesionales, la veteranía, si no es un grado, sí otorga, al menos, una visión más panorámica de la vida que nos permite movernos con mayor cautela en la mayoría de los charcos que pisamos.

Digo esto, porque en la manera de escribir de cada autor esa amplia visión del mundo que confiere el paso de los años (la veteranía) no sólo modifica el estilo sino sobre todo el contenido argumental y la forma de contarlo.

El joven escritor, ese que piensa que su primera novela le concederá, de golpe, la gracia y el reconocimiento universal, no escribe desde sus vivencias (porque apenas las tiene) sino que lo hace desde su emoción arrebatada fruto de su ímpetu juvenil.  Es la edad de oro del poeta. Está bien este modo de afrontar el oficio pero, en el transcurso del tiempo se dará cuenta de que aquella actitud un poco impulsiva, casi irreflexiva, podría llevarle por caminos a veces contradictorios y en ocasiones decepcionantes. Es comprensible que lo que el escritor joven pretende es darse a conocer y que los lectores le reconozcan sus maravillosos escritos, con entusiasmo y sin críticas acerbas.

El escritor maduro lo hace, por supuesto, desde las emociones acumuladas en su etapa juvenil pero lo hará desde la reflexión, desde la templanza y recreando en sus palabras las vivencias que a lo largo de sus años fueron jalonando las etapas más interesantes y fecundas de su vida.

El escritor mayor, el viejo, redactará sus escritos con menos emoción que cuando era joven; lo hará con mayor cautela, poniendo el acento en los hechos pasados y tratando de amortiguar sus nostalgias con el bálsamo de sus textos pero, sobre todo, el viejo escritor se apoyará en su memoria para que, acogiéndose al agridulce abrigo de los recuerdos, vierta sobre el papel, dulcificándolas, las frustraciones que traicionaron una existencia en la que, angustiosamente, presiente próximo su fin.

Son formas de escribir que vienen inexorablemente marcadas por los tiempos de la vida a los que, por mucho que nos resistamos, no podremos combatir. Por eso, antes de iniciar la lectura de cualquier novela siempre me intereso por la edad en la que el autor la escribió. Ello me condiciona y me prepara para comprender mejor lo que quiso expresar en ella.

Hace años, en el teatro Olympia de París, escuchando extasiado a unos de los mejores chansonniers de todos los tiempos: Charles Aznavour, le oí decir entre una canción y otra: “Entre los veinte y los treinta años cuando un cantante habla en escena lo hace, únicamente, para poder expresar lo que no pudo transmitir con su música. Entre los treinta y los cincuenta años, cuando un cantante habla entre canción y canción lo hace para comunicar las derivas que lo condujeron a componer sus temas y cuánto de sus vivencias personales se acumulan en sus composiciones”. Y finalmente, añadió, después de una expectante pausa: “Después de los cincuenta, (Aznavour tendría entonces unos sesenta años) cuando  un cantante habla sobre el escenario lo hace, únicamente, para tomar un poco de aire.


Pues eso, cada edad tiene su tiempo y cada tiempo su afán, tanto si se canta como si se escribe.


jueves, 23 de enero de 2014

Dieciocho agónicos minutos.

La mujer, de unos sesenta años, hipertensa y diabética, fue metida en tromba en la sala de urgencias del hospital. Los médicos de guardia lograron recuperarla de la parada cardio-respiratoria. Unos minutos antes la policía la había rescatado, inconsciente, en un supermercado cercano. La ciudad se encontraba bajo una de sus peores nevadas. El diagnóstico era a todas luces sombrío: Hemorragia cerebral masiva. Coma grado IV. Electroencefalograma plano. Muerte cerebral. Irrecuperable.

Después de cuarenta días de angustia y otras tantas noches en vela, la familia; desesperada y desesperanzada, consiguió la autorización del juez para que fuese desconectada del respirador que la mantenía con vida (?).

Yo era entonces un médico residente en aquel hospital universitario de la ciudad de Montreal (Canadá). Pasaba mi período de entrenamiento rotatorio en Neurocirugía. Una apasionante y dura experiencia.

Transcurrieron dieciocho agónicos minutos entre la desconexión del respirador y la parada cardíaca definitiva. La presión arterial subió de un modo increíble. Fueron los dieciocho minutos más biológicamente incomprensibles y más emocionalmente tensos de toda mi vida profesional; llenos de angustia, de zozobra pero sobre todo de duda. Cuando todo enmudeció, ninguno de los que intervinimos en aquella patética escena dijimos palabra alguna. En realidad, poco había que decir.

No hace mucho, un colega americano que trabajó en los servicios médicos de un penal me contaba que, a veces, los ajusticiados por inyección letal tardan hasta veinte o más minutos en alcanzar la tan deseada parada cardíaca. Nadie sabe qué sienten durante ese tiempo. Los venenos con los que se ceba la jeringa mortífera componen una explosiva mezcla de anestésicos barbitúricos (thiopentotal sódico), bloqueantes musculares (bromuro de pancuronio), y cloruro de potasio que paraliza el corazón. En buena lógica, su acción letal debería de ser fulminante pero, en ocasiones, el momento final difiere mucho de lo esperado.

No, desde luego que no; esa forma de ajusticiar no debe ser tan “humanitaria” como inicialmente la describieron.


Nunca me hizo falta leer ni jurar ningún código hipocrático para comprender que el médico está sólo para preservar la vida y en los casos más desesperanzados para asistir al enfermo en su último tránsito procurándole una muerte digna y libre de sufrimientos, pero nunca para inducirla o precipitarla. Por eso; cuando veo y oigo a algunos compañeros de profesión, a políticos, a juristas, a filósofos, a sociólogos e incluso a estetas hablar con tanta superficialidad sobre este doloroso tema, sin que pueda remediarlo, se me viene a la memoria aquella mujer canadiense a la que hubo que desconectar del respirador después de cuarenta días en coma depassé y pienso, también, en el sufrimiento indescriptible  y desconocido de los más de mil ajusticiados por inyección letal, que no es sino una forma “justa y aceptable” de una salvaje eutanasia legal.

He creído oportuno subir este post a mi blog porque hoy, una vez más, se ha reproducido en la prisión de Huntsville (Texas) un nuevo asesinato legal por medio de la inyección letal.
Edgar Tamayo, sentenciado a muerte veinte años antes, ha sido ejecutado esta mañana. <<Se le ha aplicado justicia>> han dicho los responsables del crimen, cuando en realidad el juicio en el que fue decidida su condena estuvo plagado de injusticias e irregularidades, llegando el tribunal que lo juzgó a no acatar un fallo contrario dictado hace diez años por la Corte Internacional de Justicia de La Haya.
El ajusticiado era mexicano, un agravante tan penoso y peligroso como el de ser negro o hispano en el país que dice ser el más libre y justo del planeta Tierra.

<<Descanse en paz y que Dios benevolente perdone sus pecados y lo acoja en su seno>>, como suele decir, en su rutina litúrgica, el capellán que asiste al reo antes de su último viaje hacia lo desconocido.

lunes, 20 de enero de 2014

Con la música en el corazón. Con Claudio Abado en la memoria

Que la música influye en nuestro estado de ánimo no lo duda nadie, que amansa a las fieras, también.

Científicos italianos de la Universidad de Pavía demostraron hace un par de años en qué modo los diversos tipos de música pueden modificar la fisiología del aparato cardiovascular. El estudio señalaba que los tempos más rápidos aumentan el ritmo cardíaco y la presión arterial mientras que los más lentos disminuyen y amortiguan la presión sanguínea previamente elevada.

Para constatar qué tipo de músicas son las más y las menos saludables, los investigadores pidieron la cooperación de 24 voluntarios sanos para que escucharan cinco grabaciones musicales clásicas, elegidas al azar. Comprobaron que los crescendos (aumento gradual de intensidad y ritmo) provocan un aumento del ritmo cardiaco y la presión arterial, mientras que los diminuendos (reducción gradual) inducen relajación orgánica con descenso del pulso, la respiración y la tensión arterial. Observaron, además, que los cambios bruscos de ritmo e intensidad musical, como suele producirse en las óperas pasando de ritmos rápidos a lentos y viceversa, mejoran las condiciones generales del aparato cardiovascular, Así; las arias de Verdi que repiten frases musicales de unos 10 segundos de duración son las que mejor se sincronizan con el ritmo cardíaco espontáneo.


Esta experiencia, unida a otras previas, refuerzan una vez más la utilidad terapéutica de la música en muchos problemas de salud. La organización británica Music in Hospitals viene ofreciendo desde hace más de cincuenta años música en directo en instituciones sanitarias, residencias de ancianos y hospicios con resultados muy favorables. Algunos servicios de rehabilitación médica utilizan este tipo de terapia como un elemento coadyuvante del tratamiento global.

Su uso debería generalizarse en salas de espera, servicios de urgencia, quirófanos y en todos aquellos lugares donde un ambiente, inicialmente hostil, debería ser sustituido por un oasis de confianza. 

Me he permitido traer este post musical en un día triste para la MUSICA. El gran Claudio Abado, uno de los mejores directores orquestales de todos los tiempos, nos ha dejado hoy. Nos enseñó otra forma de escuchar y sentir la música culta haciéndonos entender las composiciones de los grandes maestros con otros ritmos, otros tempos y una forma única de dar vida a la armonía. Pero sobre todo, Claudio Abado acercó la música a sitios donde las artes no suelen llegar nunca, lugares donde sólo habitan seres olvidados que, o bien purgan condenas en cárceles, o sufren quebrantos de la salud en los hospitales.

Descanse en paz el gran maestro italiano en cuyo palmarés figuran cargos tan relevantes como la dirección de la Staatsoper de Viena, La Scala de Milán o la Filarmónica de Berlín.   

  

domingo, 19 de enero de 2014

Los Obama y el divorcio


España, para algunas cosas, no siempre buenas, ocupa los primeros puestos en el ranking de países europeos. Somos los primeros en tener las tasas de natalidad más bajas de la Unión y lo somos también en el mayor número de divorcios por número de habitantes y año. Según recientes estadísticas, cada año se rompen unos 150.000 matrimonios lo que significa que tres de cada cuatro uniones legales acaban en divorcio. Los jóvenes, conscientes de esta realidad y conocedores de las graves consecuencias económicas que acarrea un divorcio ( a pesar del llamado “divorcio exprés”) optan cada vez más por las uniones de hecho o en muchos casos por el simple “arrejuntamiento”.
Psicólogos y sociólogos han dado y siguen dando numerosos argumentos para explicar este fenómeno explosivo y de entre ellos destacan: los nuevos estilos de vida, la “inaceptable” igualdad en el reparto de tareas domésticas, las largas jornadas laborales fuera del hogar, las agobiantes cargas económicas, la responsabilidad compartida ante los hijos, o más bien ante el “hijo único”, y la incapacidad del varón para asumir con “naturalidad” el nuevo papel que juega la mujer en todos los órdenes de la vida, sin hacer cuenta de las infidelidades mutuas, un hecho que según las estadísticas se prodiga en nuestra sociedad con mayor naturalidad y a lo que cada día se le otorga menor importancia personal y social. El “me vuelvo a casa de mi madre”, antes tan femenino, hoy lo pone más en práctica el hombre que la mujer.
Sea como fuere, mientras que la mujer ha conseguido ocupar el sitio que legítimamente le corresponde en la sociedad conyugal, el hombre, por el contrario, se ha llegado a sentir tan desplazado por la realidad que ha optado por el divorcio como única vía de escape aunque, paradójicamente, sea la mujer la que, al día de hoy, supera al varón en demandas para la ruptura legal.
No sé si es o no verdad la anécdota que cuentan de los Obama. Dicen que tras una cena de gala para recaudar fondos de campaña, muy a la americana, el matrimonio más aparentemente feliz y campechano de EEUU pidió ver a los cocineros para agradecerles las exquisiteces servidas en el banquete. Al ver el presidente más poderoso de la Tierra cómo su atractiva esposa Michelle bromeaba festivamente con uno de los más apuestos cocineros de aquel equipo de magníficos chefs, Barak se dirigió a su cónyuge diciéndole: “Si te hubieses casado con él hoy serías una cocinera de fama mundial” a lo que la primera dama americana respondió con esa agilidad mental que le es tan propia: “No, mi amor, si me hubiese casado con este simpático cocinero él sería hoy el presidente de los Estados Unidos de América”.
Sea cierta o no la anécdota presidencial lo que si parece estar claro es que detrás de cada gran hombre siempre suele haber una mujer…¡sorprendida!

sábado, 18 de enero de 2014

Nomofobia


Como tantos otros, el término nomofobia, que no homofobia aunque puedan estar relacionados, acaba de ser introducido oficialmente en nuestras vidas.

La palabreja deriva, (¡cómo no!) de la expresión inglesa no-mobile-phone-phobia, es decir, y resumiendo: pánico a quedarse sin los servicios del móvil. El asunto, de momento ni siquiera ha sido considerado por las autoridades psiquiátricas internacionales como un trastorno psicológico menor, ni siquiera como una adicción, sino simplemente como un fenómeno social de nuestro tiempo. Según otros estudios, la nomofobia debería ser entendida como una reacción desproporcionada ante el miedo a quedarse sin la ingente cantidad de servicios que, en aumento cada día, nos ofrecen estos dispositivos.

En nuestro país, y de acuerdo a recientes estadísticas, más del 60% de los usuarios de las últimas generaciones de dispositivos móviles inteligentes, presentarían nomofobia en mayor o menor grado. Alguno de los encuestados revelaron que quedarse sin el móvil les llega a producir ansiedad, irritabilidad e incluso pánico. En esos casos habría que considerar que ese llamado, hoy por hoy, fenómeno social dejaría de serlo para entrar de lleno en alguno de los epígrafes que clasifican los trastornos psicológicos de tipo menor e incluso los casos más graves podrían clasificarse como síndrome de abstinencia.

En el Reino Unido la tasa de nomofóbicos en edades comprendidas entre 18 y 25 años se calcula en el 85% para los varones y en el 96% para las mujeres. Paradójicamente, sólo un 2% utilizan el dispositivo móvil para hablar por teléfono. La mayoría se sirven de servicios gratuitos como el whatsApp y similares, estimándose en más de treinta las consultas efectuadas a lo largo del día. Redes sociales, como twitter, facebook o linkedin, accesibles a través del móvil, han venido a complicar aun más este curioso fenómeno de nuestros días. Las agrupaciones formadas en redes por miembros cada vez más numerosos y activos están incrementando peligrosamente este nuevo y adictivo fenómeno social.

Si usted es de los que va al baño con el móvil, lo deja celosamente a su alcance cada noche, es capaz de deshacer un largo camino andado porque lo olvidó en casa, lo deja en modo vibración cuando va al cine  o al teatro y lo consulta continuamente, está claro, que usted, como tanta gente, es una víctima más de la nomofobia. 

lunes, 13 de enero de 2014

¿Cómo es el lector que utiliza un eBook?



En mi post anterior; “Un patético análisis de los best sellers” (http://joseluispalmabooks.blogspot.com.es/2014/01/un-patetico-analisis-cientifico-de-los_11.html) hice referencia al pintoresco estudio de un grupo científico americano que pretendió descifrar las claves de lo que continúa siendo un enigma irresoluble: ¿Cómo se fabrica un best seller?”

Entre los comentarios recibidos ha habido uno, a través de TW, remitido por la excelente escritora Paloma Caraballo quien me dice lo siguiente: “Me temo que el lector de Amazon difiere bastante del lector de Anagrama, pronto se acercarán posturas, espero”. Inmediatamente le respondí: “No entiendo las diferencias, Paloma. ¿Dónde las ves tú?” A lo que ella respondió: “En Amazon se vende principalmente lectura de entretenimiento. Hay editoriales que ni siquiera exponen ahí a sus autores”.


Quedé, al principio, perplejo pero de inmediato este breve diálogo me condujo a la pregunta obligada: “¿Qué habrá querido decir, Paloma, marcando esas diferencias y que luego explica matizando tendencias y gustos literarios en función de una descarga con fines más bien lúdicos (entretenimiento) frente a otros que sólo buscan en el papel la excelencia literaria? Traté entonces de estructurar mentalmente cuatro tipos de lectores a los que denominé de esta forma:

a): Los ebookfilos, que son aquellos que por comodidad, usura lectora (en un eBook caben cientos de libros transportables) o escasos de recursos económicos buscan en amazon descargas de cualquier género y temática, a buen precio.
b): Los papirófilos, que serían aquellos que sólo les place la lectura cuando lo hacen en papel y en el formato que convencionalmente ofrecen las editoriales de siempre y a los que “románticamente” el papel les evoca emociones intelectuales insustituibles y únicas.
c): Los mixtos (entre los cuales me incluyo) que serían los que se sienten cómodos leyendo en cualquiera de los formatos anteriores con independencia de gustos, tendencias y preferencias. Aquí podríamos introducir dos subgrupos: Los mixtos E, que por comodidad prefieren el eBook y los mixtos L que por hábitos adquiridos se sienten más a gusto con un pesado libro de ochocientas páginas en las manos.
d:) Finalmente, y fuera de rango, estarían los iletrados que serían esos extraños bípedos implumes que por no leer no leen ni las letras del karaoke.

No estoy de acuerdo con los planteamientos de Paloma. Para empezar, Amazon no es una editorial al estilo de Anagrama, sino una gigantesca librería de ámbito universal donde libremente publican sus obras autores noveles, experimentados, conocidos, indies, famosos, consagrados, premiados con el Nobel o el Pulitzer, ignorados, poetas, científicos, narradores de cuentos y fábulas y hasta mediopensionistas. 


Vista la magnitud del negocio y el tamaño del escaparate (en cierto modo asilvestrado y un punto descontrolado), las grandes editoriales están subiendo obras destacadas de sus autores más famosos para utilizar esta plataforma como un canal más de venta porque ya se sabe lo que ocurre cuando el río baja revuelto. 

Desde Amazon, por el gusto de leerlos y llevarlos almacenados en mi kindle, me he descargado a precio reducido obras de tanta fama universal como El Quijote, Hamlet, La Divina Comedia, las últimas publicaciones de Murakami, Imre Kertész o García Márquez y todas las Sonatas de Valle-Inclán, por tan sólo citar algunas.



Yo interpreto que lo que Paloma ha querido decir, refiriéndose a los géneros, es que en Amazon las novedades más predominantes suelen ser novelas de corte romántico o erótico (son también las que más venden) pero que aún siendo verdad lo anterior, no sería justo catalogar de “entretenimiento” ninguna novela en función del género al que haya sido adscrita. Hay sesudos ensayos filosóficos, en papel, que son para bostezar, sombras en número de cincuenta para echarse a llorar, historias noveladas óptimas para tergiversar conceptos que se creían sólidos y, en fin, novelas románticas o eróticas que tienen una innegable calidad literaria. En Amazon, como en botica, hay de todo y para todos.

Gracias a Amazon muchos autores como Paloma Caraballo, como yo y como muchísimos más, podemos ver cómo nuestras obras se exponen, a coste cero y con absoluta libertad de manipulación para la mejora, en la librería virtual más grande del mundo y en qué medida nos satisface, como padres de la criatura, cuando verificamos que hay lectores que las descargan, las leen, nos envían sus comentarios y nos permiten lo que hasta hace poco era impensable: mantener con ellos un intercambio de opiniones con la frescura y la celeridad que proporcionan, para bien y para mal, las redes sociales.

Si Jeff Bezos, con una providencial visión comercial, no hubiese creado Amazon en 1996, otros, seguramente, no hubiésemos tenido más remedio que inventarla. 
Pero fue él quien, en el garaje de su casa de Seattle y a partir de una primitiva librería on line llamada cadabra.com, puso, con la ayuda de tres modestos servidores, la primera piedra para construir el emporio librero más grande de nuestros días. Era justo que esto ocurriera. Desde hacía demasiado tiempo el alcanforado mundo editorial no hacía otra cosa que poner el nudo corredizo con tanta saña sobre el cuello de los escritores que, al final, esa misma soga acabó por enredarse fatalmente en su cogotes. ¿De dónde salió la soga? Pues de un modesto garaje doméstico americano que es donde, habitualmente, se gestan los grandes proyectos tecnológicos de nuestro tiempo. Espero el día en que pueda comprarme uno para que venga a rescatarme de mis penurias una idea de éxito.

Gracias, Paloma, por tus estimulantes y polémicos comentarios con los que si no estoy en sintonía no desmerecen los aciertos de tus personales puntos de vista sobre los perfiles de los lectores de nuestro tiempo. Un saludo muy cordial, amiga.

sábado, 11 de enero de 2014

Un patético análisis científico de los bestseller.


Desde que el hombre tuvo conciencia de sí mismo no ha dejado de hacerse preguntas. Muchas ya obtuvieron su adecuada y acertada respuesta; desde la explicación científica del rayo, las oscilaciones de las mareas o el ritmo de las estaciones climáticas. Hay, sin embargo, otras que están aun pendientes de resolución. 
Una de ellas, de alto valor estratégico para los escritores, es conocer al detalle dónde se esconde el secreto (o los secretos) para que una novela llegue a constituirse en lo que ha venido en denominarse un bestseller, es decir, en una obra de alcance universal por el extraordinario interés que suscita entre los lectores. Todo un enigma para el que, por ahora, no hay una respuesta contundente.
Recientemente, unos científicos americanos, sin duda muy aburridos, se han sacado de la chistera un pintoresco algoritmo para dar respuesta a la enigmática pregunta: ¿Cómo se fabrica un bestseller? El análisis "científico" de este curioso trabajo peca de errores metodológicos de bulto. En primer lugar, porque analizan obras heterogéneas de todos los tiempos, en segundo, porque introducen variables analíticas no contrastadas ni contrastables, después, porque no efectúan un test doble ciego frente a grupos diversos de lectores ni tampoco randomizan las variables del estudio, no efectúan análisis estadísticos siguiendo los estándares matemáticos habituales y, sobre todo, porque no tienen en cuenta los gustos y tendencias de los lectores a escala planetaria. Además, el análisis se circunscribe a 800 obras cuando en un país como España el número de libros anualmente publicados supera los 55.000 lo que casuísticamente deja al trabajo con el culo al aire. Pero, en fin, salvando estas nimiedades lo divertido del estudio son sus pintorescas conclusiones. Y así; dicen que el volumen, es decir el número de palabras o el de páginas del tocho, es uno de los factores determinantes del éxito. 
El Quijote o Los pilares de la Tierrra (por su tamañoson pruebas concluyentes para sustentar las tesis de los investigadores mientras que “obritas” como Carta a una desconocida de Stefan Zweig, de apenas 150 páginas, o El niño con el pijama de rayas, que llegó a vender dos millones de ejemplares, no son sino excepciones que confirman la regla y para lo que no encuentran una explicación razonable en su relación éxito/tamaño. Se podría pensar que para estos sesudos investigadores de éxitos, el tamaño no sólo importa, sino que la gente prefiere El libro gordo de Petete a El extranjero de Albert Camus, de unas 120 páginas.
Consideran que la temática, aun estando mal escrita, está por encima de la técnica narrativa. El lector actual, dicen, prefiere la economía en el uso de verbos, adjetivos y gerundios y agradece el uso prolijo de puntos seguidos, y puntos aparte, encajen o no en el contexto. No hacen referencias expresas al impacto que produce en el lector el desarrollo clásico de la trama, es decir;  planteamiento, nudo y desenlace pero, visto lo anterior, esto carecería significado estadístico.
Según ellos, las técnicas sabuesas empleadas hasta ahora por las editoriales, obsesionadas con la caza del bestseller son, a todas luces, erróneas. Dicen que carecen de olfato para detectar el autor o la obra de posible éxito. Y puede que en ese aspecto haya que darles la razón. Cien años de soledad, por ejemplo, anduvo rodando diez años de editorial en editorial hasta que una sagaz agente literaria como Carmen Balcells consiguió que se publicara. 
Esta novela del genial García Márquez fue considerada como de una de las 100 mejores del pasado siglo XX, habiéndose publicado 300 millones de ejemplares traducidos a 35 idiomas. Lo mismo podría decirse de Harry Potter y la piedra filosofal, escrita en una cafetería por una perfecta desconocida y despectivamente rechazada por varias editoriales. Si editorial Planeta hubiera olfateado los aromas de éxito que desprendía la tinta del original de El Código Da Vinci hoy sería toda vía más rica de lo que es.
Y si embargo, el misterio continúa indescifrable porque hay bestsellers que a pesar de tener unas críticas muy desfavorables se siguen vendiendo como rosquillas. El ejemplo paradigmático es la saga de las Cincuenta sombras de Grey una obra que, a juicio de los críticos, no sólo está muy mal escrita sino que las acciones que se desarrollan en la novela son de una zafiedad asombrosa. 
Más cercano a nosotros, el éxito de El tiempo entre costuras no era imaginable para sus editores y mucho menos para su autora; una novela de acciones casi siempre predecibles aunque, en ocasiones, lo rocambolesco de algunas situaciones le confieran un punto de inevitable incredulidad.  Su suntuosa adaptación en formato de serie televisiva ha logrado una audiencia máxima que ha multiplicado sus ventas de una manera extraordinaria, cuando las críticas literarias, por el contrario, la han clasificado como "pasable".
Queda, por otra parte, claro, que la trascendencia mediática del autor, metido circunstancialmente a escritor, es uno de los indiscutibles factores necesarios para fabricar un bestseller. Cuando esto escribo, Ambiciones y Reflexiones, de Belén Esteban o si ustedes lo prefieren de Boris Eizaguirre, ocupa el primer lugar en el ranking de ventas en nuestro país con más de cien mil ejemplares vendidos en su primer mes, mientras que magníficos autores, perfectamente desconocidos, se ven obligados a recurrir a la autoedición por el simple placer de ver publicada su obra y que así pueda ser leída por unos extraños y curiosos lectores empeñados en descubrir a los auténticos e ignorados talentos en el arte de juntar palabras.
Es posible que en un futuro no muy lejano se implementen aplicaciones para smartphones con la idea de guiar a escritores y lectores sobre cómo deben escribir unos y cómo pueden otros comprar bestsellers, con calidad literaria. Tampoco resultaría extraño que, al igual que ya existen programas informáticos para componer música, se instrumenten otros para escribir novelas, automáticamente. Todo se andará. Si un día desaparecieron los telegrafistas y pronto los carteros, no sería extraño que los buenos escritores acabaran también por tirar la toalla; la pluma en este caso.
Si Platón refiriéndose a Sócrates dijo hace siglos: “sólo sé que no sé nada” no creo que anduviese pensando en los enigmáticos resortes que hacen de una obra literaria un bestseller pero, desde luego, con análisis como los llevados a cabo por ese pintoresco grupo de presuntos científicos americanos seguiremos sin saber dónde radica el secreto del éxito.


sábado, 4 de enero de 2014

Albert Camus: La búsqueda infructuosa de la felicidad


Hoy 4 de enero se cumplen 74 años del fallecimiento, en un desgraciado accidente de automóvil, de uno de los grandes pensadores del pasado siglo XX: Albert Camus.

Si Sartre fue el referente de la conciencia social, Camus lo es de la dignidad humana. En la mayoría de sus famosas obras quedó patente la angustia de su propia existencia que trató de transmitir a sus congéneres sin presión alguna. Para él la libertad individual y colectiva era principios filosóficos inherentes a la condición humana, sin posibilidad alguna de negociación. Sus escritos están impregnados del marchamo indeleble de los auténticos sentimientos que emocionan al hombre. Sin él y sin su obra las sacudidas del siglo más convulso de toda la Historia de la Humanidad serían difícilmente comprensibles.

No sería fácil entender la trayectoria de su pensamiento filosófico y de su carrera literaria sin el apoyo que confiere la solidez de sus principios tanto éticos como estéticos. “No existe la felicidad, dejó dicho, sino la voluntad de ser feliz” y añadía: “Sin cultura y libertad la sociedad no es otra cosa que una jungla ingobernable”. Para compensar este defecto, en su discurso para la recepción del Premio Nóbel de Literatura, manifestó: “La libertad se redime por el arte que es un medio único para conmover a la mayoría de los hombres al ofrecerles una imagen privilegiada de los sufrimientos y las alegrías comunes”.

Nació un 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, en una Argelia colonizada y tiranizada por una Francia prepotente. Hijo de un pied-noir, contaba solo ochos meses de vida cuando su padre cayó en el frente militar de la Gran Guerra del catorce. Poca instrucción pudo recibir de su madre, una argelina procedente de Menorca, sorda y analfabeta, de la que su hijo haría el referente moral de toda su vida. Desde sus primeros años escolares en una discriminatoria enseñanza de un humilde instituto de Argel hasta ganar la máxima gloria de las Letras en Estocolmo en 1957, Camus fue el paradigma de lo que puede alcanzar un hombre que, a pesar de su angustia existencial, consiguió transmitir los sentimientos que hacen del ser humano un ente único e individual. Posiblemente esa infancia humilde y menesterosa lo condujo a la búsqueda constante de una felicidad imposible. A diferencia de Sartre, pensaba que no es posible la felicidad colectiva sin antes haber conseguido la paz y la estabilidad individual. Todas sus obras están impregnadas de este sentido trascendente de la existencia del hombre.

Recorrer la geografía intelectual de Camus es adentrarse en el controvertido y apasionante mundo de sus pensamientos, ideas y sentimientos.  Su filosofía de vida se resume en una frase que aparece en una de sus más célebres obras: El mito de Sísifo, una obra clave para entender el movimiento filosófico del absurdismo: “En el apego de un hombre a la vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. El juicio del cuerpo vale tanto como el del espíritu, y el cuerpo retrocede ante la aniquilación. Adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar".

Hay que instalarse en el contexto socio-político de su época para entender por qué una persona tan libre como Camus acabó afiliándose al Partido Comunista Francés en 1935, un movimiento que desde sus oscuros inicios negó siempre la libertad individual en pro de un colectivismo devastador. Fue promotor de un  movimiento filosófico bautizado como “absurdismo” en el que, de acuerdo a sus principios, se contenían las claves que ayudan al hombre a soportar la carga de la existencia. Negó reiteradamente formar parte del movimiento existencialista del que, según él, sólo Sartre era el genuino representante de ese controvertido pensamiento francés de mitades del siglo XX.

Leer obras de Albert Camus como La Peste, El Extranjero o El mito de Sísifo (por tan solo citar tres de sus más conocidas) es profundizar en los rincones más confusos de la naturaleza humana cuya razón de ser sólo puede explicarse a través de la angustia que provoca el simple hecho de estar vivo e inmerso en un contexto social en el que el primer “extranjero” afectado por una “peste” incontrolable es el propio hombre que ha dado lugar a ello.

Hoy 4 de enero, aniversario de su absurda muerte prematura (tenía 47 años) es un día muy señalado para homenajear a este singular pensador, leyendo cualquiera de las sobrecogedoras novelas que escribió a lo largo de su corta existencia.